Hace cinco meses que entré a trabajar en esta empresa. Bueno, más que trabajar, a hacer unas prácticas, lo que para el caso es lo mismo, lo único que mucho peor pagado. Al principio me aburria como una ostra, no tenía nada que hacer y todo el mundo me ignoraba. Las horas pasaban muy lentamente y la horo de salir no llegaba nunca. Siempre intentaba quedar con algún amigo justo después de salir, para que el día no fuera un desastre total.
El problema de la oficina, es que no había tios buenos ni nadie interesante, y uno que había que era medio mono, no era soltero, que mala suerte. Hasta que un día, me percaté de que había otra sala de trabajo. Nunca me había percatado antes porque estaba al otro lado del largo pasillo que llevaba a los baños. Y, claro, yo no pasaba más allá de los baños, para qué. Por eso, cuando ví al jefe, después de una semana más o menos, se me cayeron los palos del sombrajo, como se suele decir. Se trataba de un chico alto, delgado pero atlético, con pelazo y sonrisa de escándalo. Pero lo mejor de él no era su físico, sino la seguridad que desprendía por todos los poros de su piel. Al hablar, al caminar, al dirigirse a sus subordinados. Vamos un bombón. Y desde que descubrí su existencia no me puedo concentrar. Estoy siempre pendiente a la espera de que aparezca por la puerta. Se ha convertido en una de mis fantasías favoritas. Encontrarmelo en el ascensor, y que éste se pare, de repente. Bueno, se me va la cabeza.
Y yo sé, yo sé, la teoría dice que no está bien intentar ligar con el jefe. Pero no lo puedo evitar. Yo creo que es evidente, porque cada vez que pasa se me cae la baba. Literalmente, lo cuál es bastante vergonzoso. ¿Cómo sería tener sexo en su despacho? Sólo de pensarlo se me pone la carne de gallino. El único problema: tiene novia. Y no tiene pinta de ser uno de esos tíos infieles que se buscan una amante en la oficina. No. Más bien parece el típico tio responsable que, de no ser porque aún no tiene los treinta, sería un perfecto padre de familia. Si no lo es ya.